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lunes, 25 de noviembre de 2013

El amo de la tentación, el tentador, es el diablo.


Cedemos a la tentación cuando somos engañados por el adversario (explícita o implícitamente) de ir tras las cosas contrarias a la voluntad de Dios, como está declarado en la Biblia o mediante revelación. 
El resultado es siempre pecado. 
Eva hizo a un lado lo que Dios había dicho en cuanto al árbol del conocimiento del bien y del mal. Y el resultado fue pecado.
David hizo a un lado lo que la Palabra de Dios dice en cuanto al censo. Y resultó pecado. También hizo a un lado lo que la Palabra de Dios dice sobre el adulterio. Y el resultado fue de nuevo pecado.

Por el contrario, Jesucristo respetó la Palabra de Dios.
Nunca la hizo a un lado sino que la usó para enfrentar las tentaciones del diablo y el resultado
“fue tentado en todo como nosotros, y sin pecado”.
En otras palabras, vamos a buscar y estar consientes de la voluntad, la Palabra de Dios y vamos a ponerla en lo profundo de nuestros corazones. Vamos a sostenernos de ahí y no hacerla a un lado y el diablo no nos atraerá y no hará que la tentación logre su cometido: hacernos pecar.

Si sucede que caigamos y pequemos, entonces hay una necesidad de confesarle nuestros pecados a Dios, quién a su vez inmediatamente nos perdonará. Como 1 Juan 1:9, 2:1-2 dice:

1 Juan 1:9, 2:1-2
“Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad….Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo. Y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo.”

Tan pronto como le confesamos nuestros pecados a Dios, Él nos perdona. Lo vimos con David. Hizo tanto mal. Incluso mató a Urías uno de sus más fieles soldados. Sin embargo, tan pronto como confesó su pecado, “El Señor lo redimió”. El ceder a la tentación significa pecado y el pecado necesita nada más y nada menos que perdón y pedir perdón a aquellos que probablemente herimos, aprender la lección que tengamos que aprender y seguir adelante.

El problema de las concupiscencias [epithumies] de la carne no se resuelven mirando a la carne y lo que se hizo. Más bien se resuelven mirando a Dios y usando al máximo todo lo que Él nos ha dado en el nuevo nacimiento. Como Gálatas 5:16-18 dice:

Gálatas 5:16-18
“Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne. Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis. Pero si sois guiados por el Espíritu, no estáis bajo la ley.”

La vieja y la nueva naturaleza son opuestas una de la otra y este pasaje nos dice cómo no llevaremos a cabo las concupiscencias de la vieja naturaleza, las cuales llevan a tentación y pecado. El camino es simple:
“Camina en el Espíritu [nuevo nacimiento]”,
y [como resultado],
no seguirás los deseos de la carne” (aunque el diablo seguirá tratando de atraernos para pecar y destruir nuestra relación con Dios).